Un acercamiento a la Violencia Cultural

violencia cultural

Cuando se habla de violencia cultural, discriminación y estigma, un aspecto clave es que los parámetros con que se mide pueden ser reales o supuestos.  Cuando se estigmatiza a alguien se hace mediante supuestos, bajo el entendido de que aquello que le hace diferente al sujeto, lo hace menos “algo” (menos capaz, menos inteligente, menos normal, menos humano, entre otros). Esto se puede ejemplificar en las personas que poseen VIH, pues todavía hoy, después de toda la información que existe, muchas personas siguen asociando a una persona delgada, ojerosa, fatigada, que se enferma frecuentemente como parte de los rasgos característicos de la enfermedad. Valga destacar que aunque estos rasgos pueden ser parte de los síntomas del sida, no lo son del VIH y aún así, no son determinantes de la enfermedad.

Aún existen personas que creen que el VIH se puede transmitir por la picadura de un mosquito, por dar un beso, saludar, por compartir el baño. Hay otras personas que aunque saben que esto no es así, simplemente “prefieren no tomar el riesgo”. ¿Prefieren no tomar el riesgo?, ¿qué significa esto?, ¿cómo se evita este riesgo? ¿No compartiendo el baño? Entonces ¿no se le permite usar el mismo baño que los demás o se le brinda un baño para sí mismo? Aunque algunos(as) podrían creer que un baño para una sola persona es un privilegio, bajo estas condiciones, no lo es. Esta persona ha sido estigmatizada y el resultado de esto la ha llevado a ser víctima de la discriminación.

Otro ejemplo interesante de estigma, es como muchas personas ligan el VIH a la homosexualidad, aún hoy, se sigue haciendo esta relación. Durante un par de conferencias una colega comentó el caso de un profesor de primaria con rasgos que socialmente están determinados como “afeminados”, esto llevó a que las y los profesores de la institución lo clasificaran como homosexual. Con este primer estigma el profesor ya era víctima de rechazo y chismes, no sólo había personas “preocupadas” de un posible abuso hacia uno de los alumnos, sino que también pensaron que si era homosexual, era “probable” que también tuviera VIH. Esto, por supuesto, desencadenó una bola de nieve de discriminación hacia el profesor. Vale la pena aclarar que ni los rasgos socialmente determinados como “femeninos” en un hombre son sinónimo de homosexualidad ni la homosexualidad determina un posible abuso hacia otra persona ni el hecho de ser o no ser seropositivo(a)

Ahora bien, aunque muchas de las teorías basan los estudios sobre violencia cultural bajo el esquema de condiciones del sistema social, político y simbólico, y efectivamente, aunque cada uno de esos entornos estructura parte del comportamiento del sujeto en la sociedad, no lo es todo. No obstante la persona puede estar sumergida en un contexto, de igual manera realiza una reflexión al respecto, cuestiona su entorno y lo que proviene de él. Es decir, no responde a los acontecimientos como tales, sino a la representación mental, al análisis mental que hace de ellos. Es este análisis el que le permite tomar una posición con respecto a la situación que acontece. A partir de aquí sentirá y actuará, aunque el análisis que haga no sea necesariamente asertivo, ineludiblemente desatará un comportamiento en la persona.

Dubet y Wieviorka lo mencionan de la siguiente manera “se necesita poner en el centro del análisis el papel del sujeto, explorando los procesos y mecanismos por los que este último, ya sea de forma individual o colectiva, llega a la producción de prejuicios, fobias y discriminaciones como un trabajo que realiza en su interior, sobre sí mismo, según casos, situaciones y contextos concretos” (Arteaga y Dyjak: 2006:71)

Es decir, la persona como sujeto activo dentro del contexto. Me refiero al hecho de comprender que aunque una persona este influida por la situación política, religiosa y cultural de su país o comunidad, de la misma forma ha estado expuesta a experiencias en su vida que le permiten tomar una posición personal e independiente al respecto de cualquier situación y analizar si lo que hace es correcto o no, tolerable o no.  En otras palabras, el entorno aunque es un factor influyente no es determinante, las personas podemos tomar una posición crítica ante situaciones de injusticia y discriminación, y hacer la diferencia.

La lucha por la igualdad, por los derechos del ser humano simplemente porque es un “ser humano”, lleva muchas décadas. Ha sufrido altibajos y en algunos momentos ha generado interpretaciones contraproducentes, que han llevado a tomar medidas que a la larga no eliminan la discriminación sino que intentan ocultarla. Con el fin de mostrar que todos los seres humanos son iguales, se buscó la forma de ocultar las diferencias o no determinarlas, sin valorar que muchas de estas diferencias son parte de la identidad del grupo o de la persona y que, por el contrario, “uno de los requisitos fundamentales para alcanzar la equidad es reconocer las diferencias que se derivan de la propia identidad de los individuos”(Torres-Parodi, y Bolis:2007). En 1978 la UNESCO establece en su artículo 1 de la Declaración sobre la Raza y los Prejuicios Raciales que “Todos los seres humanos pertenecen a la misma especie y tienen el mismo origen. Nacen iguales en dignidad y derechos y todos forman parte de la humanidad”.

Es a través de los estigmas que se desacredita significativamente a una persona o grupo ante los demás. A partir de aquí las personas establecen el parámetro de lo que es normal o no y generalmente se basan en atributos arbitrarios tal como el color de piel, preferencia sexual, discapacidad, entre otros. Es la posición reflexiva del sujeto que le hace actuar de distintas formas ante una situación, según considere su “grado” reconociéndola como normal a veces y otras como intolerable o inaceptable. Es decir, que aunque una persona puede rechazar a otra por ser poseedor de una condición diferente, también es cierto que realizará un análisis interno y definirá gradualmente hasta donde ese rechazo es aceptable o no.

A pesar de toda la información que se ha generado, aún falta mucho respeto hacia las personas con capacidades diferentes. Es necesaria una sensibilización constante por medio de educación participativa que les permita a las personas conocer y entender sus percepciones, conocimientos y actitudes hacia ciertas personas o grupos diferentes. Los cambios de conducta de unos son fuente de motivación para otros y la experiencia adquirida por medio del apoyo a personas conocidas puede terminar en un buen cambio de actitud.

Mientras no se consiga la equidad y se siga contemplando la violencia cultural como un aspecto estructural sin tomar posición al respecto o asumir la responsabilidad que nos corresponde como miembros de la sociedad, seguirá siendo necesaria la utilización de la discriminación positiva que abogue por la igualdad de derechos y oportunidades. Es necesario comprender que estas medidas no deben ser tomadas solamente por el Gobierno, ONG´s y diferentes Organismos Internacionales sino que cada persona debe asumir la parte que le corresponde.

Un acercamiento a la violencia cultural, Dra. Sofía Torres Madrigal, Revista Entre Nos: Psicología en tu idioma, Número 2, Abril- Mayo 2010

Imagen: Diseñado por Freepik

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